La histórica condición de Argentina como un país de “carne accesible” está comenzando a quedar atrás. Los precios de la carne vacuna —tradicional pilar de la dieta nacional— registran aumentos sostenidos que superan ampliamente a la inflación general, configurando un escenario que analistas del sector describen como estructural y de largo plazo.
Precios que no ceden
Según relevamientos del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), el precio del corte de carne subió casi 5% en enero frente a diciembre y más de 73% en comparación interanual, muy por encima de lo que mide el índice general de inflación.
Además, las subas continuaron en lo que va de febrero, impulsadas por presión sobre la oferta y por un mercado interno que se adapta a costos más altos en la producción.
Oferta en retroceso y exportaciones estables
El consumo doméstico ya muestra señales de tensión: según datos de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes, la demanda de carne vacuna cayó cerca de 13% interanual, mientras que la producción retrocedió alrededor de 10%.
Este deterioro en la oferta, sumado a la persistente demanda internacional —que busca quintuplicar cuotas de exportación y abrir nuevos mercados— genera un desequilibrio que favorece los precios ascendentes.
Costos y condiciones productivas
El costo de producción de carne bovina en Argentina es considerablemente alto: para obtener 1 kg de carne se requieren 7 kg de alimento balanceado, frente a 2,8 kg en cerdo o 2,4 kg en pollo, lo que presiona hacia arriba los valores finales en góndola.
Productores y técnicos también advierten sobre el impacto de condiciones climáticas adversas, como sequías sucesivas, que reducen la cantidad de cabezas disponibles para faena y refuerzan la presión al alza de precios.
Un giro cultural y económico
“Estamos frente a un fenómeno que llegó para quedarse”, señala un asesor del sector. Según este análisis, la Argentina ya no puede sostener por largo tiempo precios de carne por debajo de los estándares internacionales: quien quiera carne vacuna de calidad deberá pagar precios similares a los del resto del mundo.
Para muchos economistas y actores del campo, esto representa el final del mito del asado barato. El consumidor interno deberá adaptar sus hábitos y presupuestos a un mercado con menos oferta local, más integración externa y costos de producción crecientes.