Sociólogo Sebastián Pereyra: “La corrupción es un fenómeno estructural que no es exclusivo de Argentina”

Todo Provincial RADIO entrevistó a Sebastián Pereyra, doctor en Sociología por  Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París, docente del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín e investigador adjunto de CONICET que se dedicó durante su tesis doctoral a temas vinculados a la corrupción y publicó el libro “Política y transparencia” (Siglo XXI, 2013), entre varios otros.

“El tema que trabaje tenía como objetivo analizar cómo fue que la corrupción adquirió la centralidad que tiene en el debate político. Para eso analicé un período que va desde fines de los ’80 hasta principio de los ’90”, explicó el sociólogo.

Y agregó: “Hubo una dinámica interna de crecimiento de los escándalos de corrupción con implicancias ligados al funcionamiento de la administración pública y las reformas del Estado que se impulsaban en los 90. Por otro lado hubo un desarrollo de estándares de políticas de transparencia. Ambas dinámicas se combinaron para que el tema adquiriera una gran centralidad en la política”. La entrevista:

¿La corrupción es algo ligado a un determinado espacio político?

La corrupción es sin dudas un fenómeno estructural que no es exclusivo de Argentina. En la historia de los debates de los últimos 30 años fue un gobierno peronista el que impulsó a la corrupción como un objeto de denuncia. El menemismo quedó asociado a la corrupción pero fueron sus alas técnicas más ligadas al área económica que comenzaron a trabajar con denuncias de este tipo para impulsar las reformas del Estado.

Luego, los gobiernos de distintos signos políticos fueron impulsores y objetos de denuncias de corrupción. La Alianza llegó con una campaña fuerte contra el menemismo basada en denuncias de corrupción luego fueron objeto de escándalos. El primer gobierno de Néstor Kirchner también retomó algo de esta dinámica, tenía una fuerte impronta contra la política tradicional y algo similar sucede ahora con el macrismo. Una campaña fuerte hasta el 2015 desde la oposición basadas en denuncias de corrupción y una vez en el gobierno son objetos de denuncias en su contra.

¿Por qué los casos se suceden uno tras otro, en forma periódica?

La intensidad del debate sobre corrupción ha sido relativamente constante pero se ha centrado mucho en los escándalos y sus protagonistas. Sin embargo hubo muy poco debate y producción normativa o de reforma institucional ligada con el problema. La producción de escándalos se reaviva en forma periódica pero hubo muy pocas transformaciones y reformas estructurales.

Para poder producir políticas que permitan cambiar ciertos problemas ligados a la corrupción es necesario enfocar algunas áreas en particular y no plantearlo en forma general o global. Se necesita ver en términos de funcionamiento del Estado y de la política cuáles son las cuestiones que merecen ser reformados y cómo se debe hacerlo.

Hay un énfasis puesto en el estatus moral de los planteles políticos o de gobierno. La contracara es siempre una promesa de moralidad de quien va a llegar al gobierno, siempre queda como algo personal. La garantía última de solución de la corrupción suele recaer en los rasgos morales de los políticos. Otro de los gestos a los que suele  recurrir las denuncias de corrupción es la persecución judicial de los casos y de los implicados.

¿Cómo analizás el funcionamiento de la justicia?

El poder judicial no tiene la capacidad de solucionar este problema, siempre mira hacia atrás y olvida una dimensión central que es evitar que vuelva a suceder. Además tiene la característica de acompañar los tiempos políticos.

Todos los políticos hacen campaña contra la corrupción poniéndose ellos mismos y su estatus moral como garantía de solución y la justicia mira siempre al gobierno saliente. Nunca discutimos como evitar que estos casos sucedan. En Argentina existe un problema adicional que es que la justicia ha hecho muy poco con los casos emblemáticos, y esto es un problema también estructural no de un juez en particular.

¿La de Argentina es una sociedad más corrupta que las demás?

La corrupción es un fenómeno que no se puede medir. Hay una distancia que es difícil de medir entre la percepción del carácter corrupto de nuestra sociedad y nuestra dirigencia política y la significación real que tienen los intercambios corruptos en el funcionamiento de nuestra sociedad. Habitualmente se suele trabajar sobre la percepción de la corrupción.

Lo cierto es que cuando se hacen preguntas como ‘¿usted pagó una coima en el último año?’ no hay una diferencia tan grande con los resultados de países centrales. De todos modos es cierto que hay más diferencias respecto a la disposición a actuar acorde a la ley, y el lugar que las normas cumplen en la regulación de nuestras prácticas cotidianas. Argentina no es se caracteriza por ser un país en el que su población hace culto a la ley.

¿Cuáles serían cambios reales que permitirán combatir la corrupción?

Se necesitan mecanismos para monitorear el funcionamiento del Estado, mayor acceso a la información y discutir mecanismos de financiamiento de la política razonables, entre otras medidas. Una central, que está aceptada a nivel internacional, sería generar un ámbito de control e investigación que tenga carácter autónomo y autárquico del Ejecutivo. El modelo Oficina Anticorrupción fue ideado con esos parámetros en 1999, hubo una discusión muy álgida pero los expertos no lograron que sea un organismo autónomo y colapsó en poco tiempo con el escándalo de las coimas en el Senado. Se necesita un cuerpo administrativo capaz de discutir la cuestión en tiempo presente, algo que actualmente no sucede.

¿Qué te parece el rol de Laura Alonso, una persona del propio gobierno?

Que Laura Alonso sea la titular de la Oficina Anticorrupción es una contradicción en sus términos, no tiene ningún sentido.

¿Por qué se suele ligar la corrupción sólo a la política?

Pensar la corrupción a través de la lógica de los escándalos o de su tratamiento judicial produjo una visión sesgada que hacen mirarla como si fuera una acto, una acción que hace alguien en particular. Los análisis sociológicos en cambio tienden a pensar la corrupción como una forma de intercambio, siempre se necesitan al menos dos partes.

Cuando hay situaciones efectivas de corrupción, es decir de colisión entre el interés público y el interés privado, no es que hay una persona tomando la decisión de cometer un acto corrupto, sino que hay procesos. Por ejemplo, la actividad política supone ciertos compromisos y estrictamente hablando no existe un momento en el que uno toma la decisión de tomar un acto corrupto. Es un sistema que está en funcionamiento en el que los modos de acceso al poder se insertan. Es muy significativo en Argentina el modo en que el sector privado ha estado ausente del debate, con un estatus casi de víctima.

 ¿Crees que nadie quiere realizar cambios estructurales en este tema?

Hay una especie de trampa, como la corrupción es un recurso poderoso en términos electorales y en la lucha política, porque los escándalos también suelen ser utilizados es internas dentro de los mismos gobiernos como formas de desplazamiento o para irrumpir una carrera política, nadie quiere resignarlo.

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